Lactancio es una de las principales fuentes para tener acceso a los primeros años del siglo IV (después de Cristo); en su texto “Sobre la muerte de los perseguidores”, realizado en una mezcla de apología e historia, detalla lo acontecido a aquellos emperadores romanos, que aprovechándose de su posición, y guiados por su impiedad y vicios, iniciaron persecuciones sobre los judíos en un primer momento, y después, en específico, sobre los grupos cristianos del imperio. La estrategia por él seguida, encuentra sus bases en la adopción que los escritores cristianos hicieron de la figura del tirano, dibujada por los letrados paganos; esta tenía dos características: Eran malos gobernantes (su acción se centraba en determinaciones anti senatoriales, resultando hombres sin virtudes destacables), y como resultado de tal proceder, obtenían una muerte miserable; A la noción de “mal gobernante” se agregaba el hecho de haber sido perseguidores, y al género de su muerte, la consideración de ser esta producto de un castigo divino[1].
El valor histórico de las referencias, se ve en ocasiones un tanto opacado por el tono apologético, el cual trata de hace siempre hincapié en la fuerza vengadora de Dios, quién dio castigos justos a las almas criminales; siendo esto motivo de regocijo, y por lo tanto razón para hacer recordar los hechos, como una clase de prueba de los designios divinos, a favor de su pueblo (recordemos, en el contexto cristiano, aquellos que creen en él):
Es de su muerte de lo que me ha parecido bien dejar testimonio escrito, a fin de que todos, tanto aquellos que no fueron testigos de los acontecimientos, como quienes nos sucederán, sepan de qué modo el Dios supremo mostró su poder y majestad en la extinción y aniquilación de los enemigos de su nombre.[2]
Este memorioso acto, es dirigido desde una época de tranquilidad, bajo los gobiernos de Constantino y Licinio, quienes habiendo derrotado (respectivamente) a Majencio y Maximinio Daya, promulgaron el Edicto de Milán en el 313 con el que se ponía fin a las persecuciones, estableciendo la libertad de religión[3]. “Ahora, tras la negra tempestad y los violentos turbones, el aire está en calma y brilla la luz deseada. Ahora, aplacado por las plegarias de sus siervos, Dios ha erguido con su ayuda celestial a los que yacían afligidos”[4] Son las palabras que al principio del texto, Lactancio enuncia con ferviente convicción religiosa. No es para menos, las persecuciones fueron crueles e inhumanas, pero sobretodo inútiles, los que renegaban del cristianismo no volvían a la religión del imperio, y la dispersión de su creencia no confinada a los límites geográficos, de raza, o culturales, la hacía escurridiza.